Tras un excelente año 2024 en los mercados, 2025 ha traído mayor inestabilidad. Principalmente, por las posibles consecuencias en el nuevo orden del comercio mundial de las políticas arancelarias de la Administración Trump, además del impacto de las mismas en la inflación, en los beneficios de las empresas, en el empleo y en el consumo.
En momentos de correcciones y caídas de los mercados, los inversores se pueden dejar llevar por el miedo, por el sesgo de la aversión a las pérdidas, deshaciendo inversiones, asumiendo la perdida y posicionándose en activos menos volátiles y más conservadores, como los bonos o la liquidez. A las personas nos molesta más perder dinero que la alegría de ganar esa misma cantidad de dinero, según los psicólogos Kahneman y Tversky, hasta 2,5 veces más.
Es lógico que los inversores se pongan nerviosos cuando se producen bajadas en los mercados. Las decisiones que se toman durante estos momentos pueden marcar la diferencia entre obtener rendimientos positivos o asumir pérdidas innecesarias.
La desinversión en momentos de corrección de los mercados de renta variable, que podría tener sentido en el caso de inversores profesionales que llevan a cabo una inversión especulativa con objetivos de corto plazo (market timming), sin embargo, puede ser muy negativa para los ahorradores con un horizonte temporal de su inversión a largo plazo.
¿Qué es realmente la volatilidad?
La volatilidad, también llamada “desviación típica”, mide cómo la rentabilidad de un activo se ha desviado de su media histórica: el grado de oscilaciones a determinado plazo que registran los precios de los activos. Y mayor volatilidad implica también mayor riesgo de pérdidas a corto plazo.
Una volatilidad alta significa que la rentabilidad del activo tiene fuertes variaciones. Cuanto mayor sea la desviación típica, mayor será la pérdida potencial y, por consiguiente, mayor su riesgo. Si el precio de un activo se mueve mucho y muy rápido, se dice que ese precio es muy volátil.
Habitualmente se habla de volatilidad como sinónimo de riesgo, fundamentado en que, si tenemos en nuestra cartera activos con fuertes movimientos, puede darse la circunstancia de que necesitemos vender en un momento desfavorable porque hayan caído.
Un inversor a corto plazo tiene más posibilidad de perder dinero con un activo que presenta fuertes variaciones. En cambio, si el enfoque es de largo plazo, tendrá poca relevancia que los precios atraviesen caídas bruscas en momentos concretos, que pierden relevancia cuando se amplía la mirada y se da tiempo a la inversión para recuperarse.
Paciencia, horizonte y oportunidades
Aunque los mercados bajistas son inevitables, también es verdad que no suelen durar para siempre. La historia muestra que después de momentos de corrección importante, suele llegar un periodo de rebote. Por eso es importante mantener un perfil de inversión ajustado al riesgo, y alineado con el horizonte temporal del objetivo financiero que permita al inversor no perder el foco.
Además, los inversores que piensan en el largo plazo, con prudencia, incluso podrían encontrar oportunidades durante las caídas. Con una inversión adicional en momentos de alta volatilidad permite comprar activos a precios más bajos, lo que puede mejorar la rentabilidad a largo plazo.